5.10.15

Cristiano, pasión underground

Hay algo conmovedor en el homenaje real a Cristiano el viernes por un récord falso. Un inesperado rapto de pasión. Innecesario, en realidad, y precisamente por eso, hermoso. Un arrebato casi adolescente. Porque la diferencia entre lo real y lo celebrado era sólo un gol, que hubo que ir a extraer de la espalda de Pepe, donde lo habían dejado alojado en 2011 el acta de Mateu Lahoz y el propio Cristiano: «Para algunos son 41, para otros 40... Le regalo uno a Pepe», concedió después del último partido de Liga. Ya había acumulado suficientes para superar los 38 del récord de Hugo Sánchez. Esa tarde no lo necesitaba.

Aquella libre directo de meses atrás en Anoeta, que Pepe desvió lejos del alcance de Bravo, se quedó incrustado en la chepa del central. Hasta que, con los 323 goles de Raúl a mano, la vieja esquirla, inadvertida durante años bajo la montaña de goles, ha vuelto a asomar como una protuberancia evidente. El miércoles era la diferencia entre que Cristiano hubiera superado a Raúl allí en Malmö, en la semiclandestinidad de un partido que apenas pudo verse en España; o que hubiera sucedido cualquier otro día. Por ejemplo, este domingo, en la fogata emocional del Calderón. El Madrid eligió Suecia, y en esa prisa, en ese desafío a los registros y sus copias por triplicado, se intuyen las brasas de una pasión, un gesto exagerado. El Madrid contra la realidad, desconfiado de la versión oficial (el Real Madrid). Por una minucia. Hay ahí un aleteo de pasión underground, una grieta contracultural. Florentino con piercing y tatuaje en el hombro. ¿Qué más podría entregarle el club a Cristiano? El viernes dejó demostrado su poder sobre lo real. El Madrid no celebra empates (aunque a Benítez le dieron 50 pesetas por una igualada en su primer derbi); así que Cristiano besa la bota-trofeo en el palco y aquello ya no es un empate, ni un récord falso, sino una fascículo más de la historia.

De él quedarán las fotos y los malabarismos de la prensa contando que el Madrid celebra con toda seriedad algo que no ha sido. En eso radica el poder: en obligar al relato. Quedará todo eso, sí, y la cicatriz de la espalda de Pepe, rastro de la grieta forzada en la realidad.

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