9.4.14

Humo de libros ahogados

Después de lo que conté aquí hace días, he vuelto a La Central de Callao. Fue una visita extraña. De algún modo sucedió en el reverso de un sueño. Y también en la trastienda de una espera.

Escapé de una siesta en la que se quedó Irene. Mientras caminaba hacia la librería pensaba que quizá podría regresar antes de que ella se levantara, dormir de nuevo y despertar con ella. De esa forma la incursión habría sucedido y no habría sucedido al mismo tiempo. Caminaba hacia el lugar donde espero que dentro de unos días se coma sobre un cuento mío, y lo hacía convencido de que se trataba de un sueño: otro, quizá Irene, me soñaba caminando hacia una pila de libros. Me acercaba a esperar que se derrumbara y encontrar debajo los manteles con mi cuento impreso, el que empieza con un falso Paul Auster fumando al borde de una piscina.

Una vez dentro, subí las escaleras y fui a parar frente al lugar donde esperan los ejemplares de la editorial Libros del KO. En concreto delante de un libro suyo con artículos de Julio Camba titulado "Maneras de ser periodista", que según Emilio, editor del KO, pasó a ser hace meses un libro inencontrable. Un libro inexistente, pues. Por supuesto, desconfié de aquellas cuatro copias y huí hacia otra habitación del palacete. En el interior de un sueño de otro había encontrado un libro inexistente que había deseado meses antes. La huida concluyó en la zona de la poesía y pensé en Paul Celan, pese a que no había nada suyo a la vista.

Se puede decir que Paul Celan me asaltó en una habitación del palacete, en mitad de un sueño de otro. Tal vez sin razón, a mí Celan se me ha quedado como un banco de niebla posado sobre una trinchera. También como un montoncito de ceniza en el preciso instante en que lo levanta una ráfaga de viento bajo esa niebla. Y como un cadáver rescatado del mar y tendido al sol del puerto. De esto último sí conozco el origen, que no tiene nada que ver con las palabras de Celan, sino con su envoltorio. Hasta el verano pasado yo tenía un ejemplar de sus obras completas. Ochocientos poemas de Celan, tituló su crítica hace años Álvaro de la Rica. Pero se me ahogó.
Reventó una tubería que inundó con 40 centímetros de agua los trasteros del edificio. Hasta la altura de las cajas donde guardaba algunos libros, y los ochocientos poemas. Cuando se retiró la marea dejó decenas de volúmenes con aspecto de contener algas. Una colección de cadáveres literarios que pasé a fotografíar sobre una mesa de la cocina. Como un forense de la literatura. El que interviene cuando ya no queda un solo crítico para guiar el viaje a través de ochocientos poemas de un rumano muerto en 1970.

Rercordarme como forense de la literatura me dio confianza para tratar con fantasmas, y regresé al lugar que guardaba los ejemplares inexistentes de Camba. No pude acercarme. Un tipo que parecía un periodista con el que me he cruzado alguna vez hojeaba "La banda que escribía torcido", de Marc Weingarten, también de Libros del KO. No quise arriesgarme a que el falso conocido fuera en realidad un verdadero conocido. O que fuera yo también para él un falso conocido, y tener que pasar juntos las páginas de libros periodísticos mientras hablábamos del hundimiento del oficio, como quien, atrapado en el ascensor, comenta la ausencia de nevadas. Huí de nuevo.

Quizá sí era ese de Camba un libro inexistente, pensé mientras hacía tiempo. Como lo parecía también el de Paul Celan, que no vi por allí. Entonces, en la niebla baja que para mí es Celan, comencé a recordar todos los demás ahogados del verano: Luis Cernuda, Ted Conover, Camus, Cortázar, Onetti, Salinger, Martin Amis… y un libro de Djuna Barnes titulado Humo. Que no es igual que la niebla.

Fue como desfilar ante una colección de mis cadáveres ahogados. Un paseo forense, mientras aguardaba a que se despejara el camino hacia un libro fantasma. Una espera en el interior de otra: la que transito estos días que faltan hasta conocer si premian el cuento que envié al concurso del Bistró de La Central. Una espera, dentro de otra, metidas ambas en un sueño de otro. El falso conocido no se cansaba de "La banda que escribía torcido", y supe entonces que el palacete conspiraba para que pospusiera cualquier compra hasta el fin de todas las esperas. Es decir, hasta que se fallara el concurso cuyo premio son 500 euros para gastar allí. Para comprar el Camba fantasma. Y algunos de mis ahogados. El palacete me daba esperanzas.

Una librería me estaba transmitiendo que la escritura podía procurar una salvación con efectos en el mundo físico. Que aquel cuento con Paul Auster fumando al borde de una piscina podía rescatar a los ahogados. Paul Auster iba a sacar personalmente mis libros del agua. No tenía por qué comprarlos entonces, sino esperar a hacerlo con el premio.

Pese a todo, cuando el falso conocido abandonó los Libros del KO, agarré el Camba fantasma, pagué y me fui. El regreso fue desconcertante. Irene ya se había despertado, lo que significaba que, estando yo en la librería, en algún instante, había sido expulsado del sueño. Y que se había esfumado esa sugerente posibilidad de que la incursión hubiera sucedido y no hubiera sucedido al mismo tiempo. Había pasado. Auster llegará en cualquier momento con Celan, Camus, Onetti, Cortázar, Salinger, Chesterton… y el prodigio de haber extraído de la piscina Humo. De Djuna Barnes.

24.3.14

Observé que por primera vez en toda mi vida no me parecía divertido sentirme dentro de la novela de otro; en este caso dentro de un libro de Robert Walser. Si bien era poético pensar que, tal como sucedía en El paseo, se había hecho tarde y todo se estaba volviendo oscuro, en cualquier caso parecía más oportuno que eso lo viviera quien lo había escrito, o sea Walser, y no yo.
(Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas)

21.3.14

El cocido de Heisenberg

Me acordé de Heisenberg el otro día mientras comía un cocido. No fue por los garbanzos, sino por algo que parecía haberles sucedido desde que conté que me había propuesto cocinarlos. La transformación que provoca contar. Por ahí se coló Heisenberg. Su célebre principio de incertidumbre viene a decir que, en los mundos de la microfísica, cuando uno se pone a medir algo, el sistema que utilice para hacerlo terminará por alterar la propia medida. De modo que en realidad resulta imposible medir lo que se pretendía, porque desaparece en el momento en que se fija uno en ello. Mientras lo comía, no podía pensar en el cocido como antes de contarlo.

Lo primero que sucedió después de anunciar que aquella mañana planeaba hacer un cocido y escribir un cuento fue algo de apariencia inocua: varios amigos se dieron por enterados. Por la expectación, al día siguiente confirmé que había cumplido ambos propósitos y Javi Muñoz aprovechó para terminar de convocar a Heisenberg: “Quiero leer ese cocido y comerme el cuento”, contestó. Me resultó aún más inquietante teniendo en cuenta la información de la que Javi no disponía sobre mi peripecia. Desconocía que para entonces ya había yo separado la sopa y le había añadido pasta de letras. Y que la noche anterior a su mensaje, Lucas se había detenido entre cucharada y cucharada para leer esa parte del cocido: “A, e, i, o…”.

Desconocía también casi todo sobre el cuento, pese a tener una leve implicación en él. El relato lo comencé hace ya un par de años, una tarde que vi fumando al borde de una piscina a un tipo exacto a Paul Auster. Después lo olvidé durante meses, aunque guardé los dos o tres párrafos de aquel día. De vez en cuando los recordaba vagamente. Por ejemplo, una noche en Oporto, mientras un taxista exacto a César Luis Menotti me llevaba al hotel después de entrevistar a un futbolista y me hablaba, claro, de fútbol: tácticas, promesas y traspasos. O también otra mañana, al ver una mujer exacta a Ana María Matute leyendo en la playa rodeada de castillos de arena que se iban derrumbando a su alrededor. Lo recordaba, pero no había vuelto a tocarlo.


Aún más tarde, hace unos tres meses, entré en La Central de Callao a mirar libros. No compré ninguno, pero en el bolsillo del abrigo me llevé el folleto que anunciaba la tercera convocatoria del concurso Relatos del bistró. El premio se componía de dos partes: 500 euros para gastar allí y llevarme los libros que dejé aquel día, y la impresión del texto ganador en los manteles de papel sobre los que se come en el Bistró de La Central. Eso tampoco lo sabía Javi (se estará enterando ahora), que el cuento que se quería comer había nacido con la aspiración de que el comer lo sobrevolara durante semanas.

Guardé el folleto en el abrigo precisamente por la promesa de los manteles. Hacía años que no escribía un cuento, pero pensé que merecía la pena hacerlo para aquello, para el entretenimiento de comedores solitarios. Y para colgar un mantel en la pared de casa. O para incrustarlo en la biblioteca. Las bases del concurso viajaron en el abrigo todo el invierno. Compartían bolsillo derecho con un cuaderno. En el izquierdo iba “Diez de diciembre”, los relatos de George Saunders. Cuando hacía frío resguardaba en ellos las manos. La derecha regresaba al verano, a Paul Auster fumando a solas al borde de una piscina.

A pocos días del final del plazo para escribirlo, fue desapareciendo el invierno y dejé de usar el abrigo. Entonces, después de meses de manosear el folleto sin añadir ni una palabra a los párrafos que había traído de Canarias, planeé sentarme el día previo al cierre de la convocatoria. Que era también el día que debía hacer un cocido.

Como es lógico, durante aproximadamente media hora simultaneé ambas ocupaciones. Escribía un cuento que quería encerrar a Paul Auster en un mantel mientras cocinaba los garbanzos, con su morcillo, su lacón, su tocino ibérico, su chorizo, su hueso. Y las letras para leer la sopa. Entre los ingredientes del cuento están ese Paul Auster falso que fuma al borde de la piscina, un monitor de aquagym ilusionista y “Aire de Dylan”, una novela de Vila-Matas de la que alguna vez había hablado levemente con Javi. Es decir, Javi ya estaba en el cuento antes de querer comérselo. Antes también de que yo me sentara a comer mi propio cocido y quedara paralizado por los efectos del pensamiento de Heisenberg derramado sobre los garbanzos.

Todo lo anterior, que en realidad no quiere decir nada, habría dicho algo totalmente distinto de no haber contado yo que aquella mañana planeaba hacer un cocido y escribir un cuento. Contar algo, el cocido, por ejemplo, lo transforma. Lo contado y sus alrededores. Quizá de ahí la incomodidad que impulsa a quejarse de quienes comparten en Twitter vulgaridades. Por las posibles perturbaciones de quien anuncia que va a tomarse un café. O a escribir sobre un cuento que ha escrito.

26.11.13

Marina Oswald


La otra gran viuda del asesinato de JFK fue Marina Oswald. Hace unos días, Paul Gregory, que llegó a tener una relación de cierta intimidad con el matrimonio, contaba de ella en The New York Times Magazine una especie de dolor desdoblado, entre lo televisivo y lo doméstico:
Al día siguiente, el lunes por la mañana, el Servicio Secreto intentó mantener el televisor apagado, pero Marina —de nuevo bebiendo café y encadenando cigarrillos, con lágrimas cayéndole por la cara— insistió en ver el funeral de Estado de John F. Kennedy. Durante mucho tiempo había admirado a la primera dama y pedía a su marido que le tradujera cualquier artículo de revista que encontrara sobre el presidente. Siguió viendo la retransmisión hasta que los agentes se la llevaron corriendo para que pudiera asistir al funeral de su propio marido en el cementerio Rose Hill. Esa tarde, el ministro luterano no se presentó, y el ataúd lo portaron varios periodistas.

19.11.13

Efecto túnel

He conservado hasta hoy ese periódico. He releído la historia que cuenta y estudiado aquellas fotografías incontables veces, para poder recordarlas. Pero allí en mi casucha fría, de olor rancio, atravesada por corrientes, sentado en el lado del catre cercano a la ventana, al ver la segunda foto y leer el texto que hacía que nuestros padres parecieran criminales de larga trayectoria y sin suerte y en quienes el mundo apenas prestaría atención, y pronto olvidarían (como si aquella historia fuera lo único que hubiera habido en su vida), sentí una extraña sensación en el pecho, como un dolor que no dolía.
(Canadá, Richard Ford)


17.10.13

Cambio de ruta

El curso pasado tomamos la costumbre de detenernos en primer lugar a dejar a Lucas (1) en la guardería. Claudia (4) entraba con nosotros, le besábamos, subíamos de nuevo al coche y, ya solos, enfilábamos hacia su colegio. Este septiembre, después de unas cuantas mañanas complicadas, decidí invertir el orden.

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26.8.13

Periodismo en la playa

Las primeras veces que un niño aparece en la playa cava hoyos en la arena, simplemente porque la arena está allí, bajo su culo, por todas partes. También las primeras veces que un periodista entra en una redacción y se sienta sobre la realidad. En la arena, a veces se encuentra una moneda, una alianza, un bote con colillas, un ojo de cristal. Entradas a mundos fascinantes. También a veces el agujero crece hasta ser foso de castillo, circuito de coches con varios túneles, pequeña propiedad amurallada. A veces, la operación se limita a seguir hacia abajo, mientras uno aprende que resulta imposible hacerlo sin ampliar también el diámetro del agujero. Al pasar las horas, llega la marea, y todas las excavaciones devienen piscina. Al pasar los años, sobre la arena, el excavador tiende más al adormecimiento. También el periodista va escurriéndose hacia ese sesteo sobre la realidad, en la que al principio cavaba hoyos sólo porque la realidad estaba allí, con él sentado encima.

26.7.13

La mano de Claudia

Lo que más tengo que agradecer a los profesores que va teniendo Claudia es su delicadeza con nosotros, los padres, ese grupo en el que repentinamente se encuentra uno después de años de compadecerlos en la distancia. Claudia tiene cuatro años y su procedimiento para hacerse con el mundo es alejarse. De vez en cuando, los profesores nos citan para preparar el siguiente paso.

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23.7.13

Sabiendo que no vales nada, lo único que puede gratificarte la vanidad es apostar contra la muerte.
(El ángel Esmeralda, Don DeLillo)

2.4.13

Las fugas del papa


Después de un rato mirando la foto, caí en la cuenta de que los curas que acompañan al papa lo están vigilando, algo para lo que tenían razones suficientes. La imagen se tomó al día siguiente de que fuera elegido. El jesuita antes más conocido como Bergoglio se disponía a hacer algo extraordinario: la gestión mundana de pagar la cuenta antes de irse. Había estado durmiendo en el Centro Internacional del Clero, cerca de Piazza Navona, y debía un dinero, a 60 euros la noche, desayuno incluido. En aquellas circunstancias, vestido de blanco después del final del cónclave, el empeño en la normalidad sólo podía tratarse de una estratagema.

Hay que sospechar de la naturalidad. Hace unos años, cuando las copas de una boda, vi de lejos a uno de mis amigos entretenido charlando mucho con mis padres. Muy recto, gesto muy atento. Preguntas, algún cuento, repreguntas detalladas. Una compostura ejemplar de la que mis padres, también muy atentos, finalmente pudieron escabullirse. "Cómo iba tu amigo, eh", me dijeron a la mañana siguiente.

En la imagen, los curas del fondo también cuchichean mientras el papa simula saldar sus cuentas como si nada. También Camps vivió muchos días convencido de que pagaba sus trajes. Eso es a veces lo que se encuentra uno al final del poder, esa ilusión de normalidad, la rutina como método para dar esquinazo a la corte que vigila. A ratos todavía se piensa que hay vuelta atrás. Se acaba, como es sabido, en la costumbre de romper el protocolo, de manera protocolaria. Pagar la cuenta. Avisar al quiosquero de que cancele la suscripción al diario. Apagar luces innecesarias. Cuidados pasos de un plan de fuga. Y un grupo de curas cuchicheando al fondo.

8.3.13

Un editor y Carrère

Cuando Patrick de Saint-Exupéry, al que había conocido como corresponsal del Figaro en Moscú, me habló de una revista de reportajes cuyo lanzamiento preparaba y me preguntó si tendría un tema para el primer número, respondí sin pensarlo: Limónov. Patrick me miró con los ojos como platos: "Limónov es un malhechor". Dije: "No lo sé, habría que ver".
Bien zanjó Patrick, sin pedir más explicaciones, pues ve a ver.
(Limónov, Emmanuel Carrère)

22.1.13

Libertad de prensa, Moscú, 1928

—¿Cómo se ejerce en Rusia la censura de Prensa? —he preguntado en Moscú a un periodista.
—Aquí no se ejerce la previa censura —me ha contestado—. Los periódicos publican todo aquello que sus redactores jefes creen que debe publicarse.
Cuando ha visto que yo me sonreía, mi interlocutor se ha apresurado a aclarar:
—Claro es que los redactores jefes de los periódicos creen que sólo puede publicarse aquello que conviene al Gobierno. No crea usted que nos preocupa la necesidad de dar libertad a la Prensa; no. El periódico está absolutamente en manos del Gobierno de Moscú, y así debe ser. El cargo de redactor jefe de un periódico es un cargo político que se otorga sólo a personas de confianza del Gobierno, absolutamente identificadas con su política; el periodista es un funcionario más de la maquinaria administrativa.
(La vuelta a Europa en avión, Manuel Chaves Nogales, Libros del Asteroide)

16.1.13

Mis libros de 2012

De lo que leí en 2012, me gustó especialmente encontrarme con estos libros:

1. HHhH, de Laurent Binet (Seix Barral).
2. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral).
3. Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre (Libros del KO).
4. Némesis, de Philip Roth (Mondadori).
5. A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide).

4.1.13

Una mujer que pasa

La primera vez que supe de ella, la novia de Lángara era para mí un espectro que vagaba en soledad por las calles de Oviedo. Atrapada para siempre en la etiqueta de aquel novio suyo, estrella del fútbol, máximo goleador de la Liga las tres temporadas anteriores a la guerra civil, momento en que ya dejaron de estar juntos. Eso supe de ella la primera vez. Una mujer que durante décadas se movió por Oviedo arropada por un rastro de susurros: “La novia de Lángara, la novia de Lángara...”.

Después supe más. Que se llamaba Nieves, por ejemplo; que ya ha muerto. Que confeccionaba camisas en un pequeño taller en casa, hasta que las tiendas comenzaron a recibirlas ya hechas. Que proveía de chicas de servicio a algunas casas de la ciudad.

Estas ocupaciones de diario quedan ya fuera del alcance de un espectro, claro. Así que la novia de Lángara, Nieves, en mi mente camina ahora más despacio. Cada vez que encuentro algo más sobre ella parece un poco más cerca de detenerse. Desvelar es eso: detener un espectro que pasa. Poder verle la cara.

22.11.12

La mudez del futbolista, por ejemplo

El verdadero secreto que hay detrás de la genialidad de los deportistas de élite, por tanto, puede ser tan esotérico y obvio y tedioso y profundo como el mismo silencio. La respuesta verdadera y cubierta de muchos velos a la pregunta de qué es lo que le pasa por la mente a un gran jugador mientras está en el centro de una multitud hostil y orienta la dirección del tiro libre que va a decidir el partido podría muy ser muy bien: nada de nada.
(...)
Es posible que los espectadores, que no gozamos de un don divino para el deporte, seamos los únicos capaces de ver, articular y animar la experiencia de ese don que nos está negado. Y que aquellos que reciben y ejecutan el don de la genialidad atlética deban por fuerza ser ciegos y mudos acerca del mismo: y no porque la ceguera y el mutismo sean el precio que pagar por el don, sino porque son su esencia.
(Cómo Tracy Austin me rompió el corrazón, en Hablemos de langostas, David Foster Wallace)

1.10.12

"Si quieres, te lo hago y me dices"

La dramatización de Cesc en la roja a Medel y sus explicaciones de luego constituyen en realidad un incomprendido esfuerzo del barcelonista de acercar al tipo de a pie una verdad asumida como inalcanzable. Se trata de algo que frustra a muchos deportistas de alto nivel. «La gente no es consciente de lo que me ha costado», dicen. Como es lógico, lo que le pasa a la gente es que sólo podría ser consciente, o casi, habiendo recorrido la misma senda que el tipo que se queja. De otro modo resulta imposible salvar la distancia entre la hierba del Pizjuán y la barra del bar. De ahí el valor del gesto de Cesc: «Me pone la frente en la cara: es roja. Si quieres, te lo hago y me dices». Una oportunidad inigualable de ponerse en su piel.

En ABC

22.6.12

Algo de hace 10 años

En junio de 2002, sentado en un despacho de la Universidad de La Coruña, pensaba que no se podía estar más lejos del periodismo. Aquel mes de hace 10 años abrí este blog. Por entonces, todavía disfrutaba las columnas que aún publica Juan José Millás los viernes en El País. No parecía un mal trabajo. Copié uno de aquellos textos, conté las palabras, y así fue como comencé a escribir yo también los jueves por la noche la columna de Millás. En realidad, mi texto siempre iba un poco corto: fui incapaz de igualar a Millás en el primer intento, y mi medida se quedó en las 33 líneas de un documento de Word escrito con tipografía Georgia de 14 puntos.

Luego comenzaron a suceder cosas entretenidísimas. Unos cuantos que también habían abierto blogs le llamaron a lo suyo blogosfera, y escribían frecuentemente sobre ella, del mismo modo que cuando se encontraron Twitter lo usaban principalmente para hablar sobre Twitter. Cuando hubieron escrito lo suficiente sobre lo que se podía escribir, el dinero público se dio por enterado y comenzaron a brotar congresos a los que se invitaban mutuamente los expertos locales de la cosa. Superada (no inmediatamente) la intriga de si alguna vez se vería un blog en la web de un periódico, cuentan que en muchos de esos congresos se debatió a lo largo de los años si un blog era o no periodismo. Los que no pudieron asistir a ninguno de aquellas pendencias intelectuales, se preguntan ahora en público si Twitter no será una tontería, algo que nunca se les ha oído de los papeles blancos cortados en tamaño DIN A4.

Entre otras muchas cosas, he pensado todo esto al recordar que hace 10 años que abrí este blog, cuando me sentía tan lejos del periodismo. Me ha importado bastante poco. Sólo lamento lo que he dejado de escribir aquí, las fechas que he dejado solo Millás, a quien ya casi nunca leo.

5.4.12

Un ABC chiste de Mingote


El último chiste lo dibujó Mingote, ya muerto, no en el diario que lo despedía, sino sobre la propia redacción que compuso ese ejemplar. En el archivo de ABC se buscaban el martes viñetas de Mingote que acompañaran bien a las informaciones del día de su muerte, un día al azar, que es cuando se muere la gente de a pie que no aspira a engordar efemérides. Había para cualquiera.

Enseguida se extendió la incómoda convicción de que Mingote, en efecto, lo había dibujado ya todo, algo que había circulado muchas veces antes como chascarrillo. También la inversa: en realidad lo que pasa es que ya todo ha sucedido, y se ha contado. No sólo eso, sino que un solo hombre, quizá un genio, sí, se había bastado para reírse de ello. El gran reidor.

Mingote se iba y la construcción de su despedida dibujaba una de esas escaleras suyas que no iban a parte alguna, que es donde esa búsqueda de la sorpresa que son los diarios se desvanece cuando la sorpresa ya resulta imposible. La propia redacción era, sin percatarse, la broma del día en que el cajetín habitual de su vieñeta se publicó vacío.

Ya advirtió Mingote que él de donde sacaba los chistes era de los periódicos.

27.2.12

Para qué sirve un periódico

Estos días de aparentemente inexorable cierre de periódicos he recordado esto que escribió Vladimir Dimitrijevic en su colección de textos sobre fútbol "La vida es un balón redondo":
Pocos días después de mi llegada a Suiza, en Granges, como refugiado, padecí el primer gran dolor del desarraigo: Yugoslavia jugaba en Belgrado contra Inglaterra, y yo no estaba allí. En el equipo de Yugoslavia jugaba Milos Milutinovic, un jugador soberbiamente dotado, un pura sangre de nacimiento. Yo le había visto despuntar, y había asistido a la disputa que había enfrentado a nuestros dos grandes clubes a causa de él. Él anhelaba jugar en el Estrella Roja, pero el Partizán, como era el club del ejército, se llevó el gato al agua. 
Él jugaba, y yo estaba en Granges, ciudad de lengua alemana. Yo conocía apenas diez palabras en alemán. Había allí una sirvienta que sabía desenvolverse en inglés y que se compadeció de aquel muchacho completamente solo, en aquel hotel, desamparado, esperando lo que su suerte pudiera depararle. Ella me tradujo la columnilla consagrada al partido Yugoslavia-Inglaterra. Yugoslavia había ganado por 4 a 0 y Milos Milutinovic había hecho un partido memorable. Yo estaba entusiasmado y exasperado. 
El grupo de mis amigos, de las personas que conocía, con las que había vivido, ya no estaba allí. Fue entonces, al caminar por las calles de Granges, durante el crepúsculo de aquel día, cuando tuve la sensación de que jamás regresaría a mi casa.

24.1.12

Lucas

Las primeras horas de Lucas transcurrieron bajo una errata, tal vez la única posible a esas alturas de su vida. Y no pasó nada. Quiero decir que fueron sin duda sus primeras horas, pese a que el cartel que dejó en la cabecera de su cuna alguien que pasó por allí sin identificarse aseguraba que había nacido el 11 de enero de 2011. Exactamente un año antes, lo que significaba, entre otras cosas, que Lucas no debería estar allí.

Pero lo que en realidad pasa es que produce cierta fascinación ponerse estupendo con las erratas, como si significaran algo aparte de que generalmente somos idiotas. Como si, pese a los manoteos de Lucas en la cuna, hiciera falta explicar que la diferencia entre el cartel y la realidad no es un año, sino unos milímetros de tinta azul. Pero existe toda una industria en torno a esos trazos agigantados.

En la tercera planta del registro civil de la calle Pradillo, tienen una sección de "Errores". La corrección de algunos exige sentencia judicial. De ahí la insistencia del funcionario calígrafo en que el ciudadano compruebe lo que acaba de escribir. Por lo que pueda pasar (al ciudadano) una vez abandone la sala. Los errores suceden en menos de un segundo, y a veces se emplea una vida en acomodarlos.

Pese al cartel, Lucas abandonó aquella cuna con bastante paz. Con la perfecta cara de haber nacido el 11 de enero de 2012. Airoso después de su primer encontronazo con lo kafkiano.